Hay un hombre esperando en la estación.
Está de pie. Espera. No va a llegar nadie. Está esperando a que el autobús que
la lleva a ella, arranque. Está esperando a que la alejen de sí. Es de
madrugada. Los viajeros esperan y en la estación nadie queda ya. Él espera,
quieto, en silencio, erguido ante ese monstruo hecho de metal y quilómetros. Le
hace frente. Hay una amenaza y una súplica mudas en el aire.
Aún puede verla a través de la ventana. Se
acomoda. Sonríe y le saluda con la mano. Se despide. Le lanza un beso. Él solo
sonríe aunque los músculos no le responden demasiado bien. Puede que si hace
algo más se arrepienta de dejarla marchar. Sabe que no es el final. Y ya está contando
los minutos que faltan para volver a estar así, de pie en la estación: esta vez
esperando para recibirla.
Aún así… Dejarla marchar no es fácil. Va a
quedarse allí hasta que ya no vea el autobús. Va a quedarse allí hasta que ella
ya no esté. Como si eso le garantizara un viaje seguro. Como si eso fuera a
devolvérsela antes. Y allí se queda. Mirando cara a cara el dolor de no poder
protegerla siempre. Y la estación, que está acostumbrada a llantos, besos, risas
y abrazos guardará siempre la mirada de un padre atrapado en el momento que
sabía que llegaría tarde o temprano. El momento de dejarla marchar.
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