Se va. A veces, simplemente, no está. No necesita ni siquiera llorar. Sabe que no queda nada a la espalda. Sabe que si da un paso atrás, caerá. Sabe que en adelante nada es seguro. Que no hay más. Por eso, cuando todo da vueltas y nada tiene sentido, cuando las agujas del reloj se clavan en su alma... Se va.
Nadie sabe qué hace, o adónde va. Y da igual. Porque cuando llega ya no es la misma. Es otra. Una distinta. Viste la misma ropa y tiene la misma voz pero hay un brillo distinto en su mirada. El no-brillo. La no-luz. Sombras. Dice que todo está bien y sonríe. Y en su sonrisa... Ahí está otra vez. Una pincelada de la que era. De la que solía ser. De la que ya no está. De la que se fue.
A veces, simplemente, muere de miedo. Se pregunta quién es y qué quiere. No sabe querer. Cuando la oscuridad empieza a asumirla, como si hubiera caído en arenas movedizas. La abraza, es suave, la va devorando poco a poco. La consume. Ella se deja abrazar porque sabe que no puede, no puede luchar.
Por eso se va. Por eso a veces, simplemente, no está.
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